Domingo, 20 de mayo de 2012

Categoría » Entre Líneas

Las Máscaras del Héroe, Juan Manuel de Prada

Hace bastantes años, durante una de mis frecuentes incursiones en la noche salmantina,  vislumbré  a un jovencísimo Juan Manuel De Prada  acodado en el mostrador de un bar. Era la una de la madrugada, yo también era jovencísimo, estaba sensiblemente borracho y acababa de pasar el acné sin escándalo.

Aquella noche yo me hacía acompañar de M., que conocía bastante al sujeto.  Ambos eran de Zamora y habían coincidido en el Instituto. Creo que para mayor parentesco se habían disputado la atención de una muchacha en flor que finalmente – como suele suceder – se había decantado por un tercero que pasaba por allí.

Era éste un hecho anecdótico, una suerte de incidencia que podría haber estrechado entre ambos ese vínculo afectivo que se tiende entre quienes, a pesar de ignorarse, comparten un odiado, pero la repulsión que Juan Manuel profesaba a M. parecía más bien gregaria, un asunto de provincias, quizás.

Juan Manuel, para M, no era más que un recibe-tobas, el propenso asustadizo de la última fila del aula a quien sus compañeros sienten la necesidad de incordiar constantemente.

<< Está muy bien aquí >> dijo M. << En Zamora no se habla con nadie >>

Yo, en fin, no sabía si detestar o admirar a Juan Manuel. Era escritor, lo cual le dotaba de cierto estatus para mí, y castellano, para orgullo telúrico. Había leído Coños y El Silencio del Patinador y le encontraba cierto encanto a su prosa barroca y metafórica. Me gustaban en especial sus textos breves, que estaban perfectamente armados y siempre tenían repuntes de originalidad y lecciones de estilo.

Por aquel entonces yo leía clásicos españoles por imposición y gusto, y a de Prada se le notaba muy español, muy ordenado, muy clásico. De la Serna, algún ripio de vanguardia… quizás su tempo adecuado hubiera sido el siglo XIX o un ateneo habitado por socios revisionistas y carpetovetónicos.

Era, en definitiva, un escritor joven a quien parecía habitar un escritor viejo. Apadrinado por Umbral,  Juan Manuel no había perdido sus dientes de leche cuando ya conjuraba todas las papeletas para alzarse con la celebridad literaria y su parienta más próxima: la envidia.

Lo vi aquella noche, acodado en el mostrador y en actitud acechante, como si anduviera buscando la oportunidad de zafarse de la vigilancia del camarero para marcharse del bar sin abonar su consumición. Nadie lo acompañaba salvo la indiferencia de las mujeres que bailoteaban a su alrededor. Estaba solo, sí, pero era la suya una soledad  arrogante, como si el yacimiento de lerdos que le rodeaba no fuera merecedor de atenciones – que en verdad no lo eran, todo sea dicho – .

Sea como fuere, Juan Manuel conservaba intacta su apostura, su verticalidad. En modo alguno parecía uno de esos guiñapos que terminan apaleados en las puertas de los bares a cargo de su impertinencia. Llevaba una chaqueta de espiguilla, una camisa blanca, vaqueros desleídos y rubricados con unas botas camperas embadurnadas con un fúnebre baño de betún.

<< Siempre ha sido un gilipollas >> corroboraba M. desde el esquinazo donde nos hallábamos << y para colmo viste como un hortera >>

Lo seguí un tiempo después, cuando armó una trama semi-intrigante con escenario en Venecia para agenciarse el Planeta. Y se lo llevó el muy ladino, y con el dinero de la bolsa tomó piso en Madrid y abandonó por siempre el tablado de provincias para agilizar los envíos de su suscripción al ABC.

En La Vida Invisible exorcizó los fantasmas de su malogrado matrimonio con una historia de amor imposible a la que tildo de bluf. No leí El Séptimo Velo. No creo que lo lea nunca.

Y qué decir de Las Máscaras del Héroe… más bien poco para el volumen del tocho. Quizás mi opinión sea irrelevante – que en realidad lo es – porque llegué a la página 542 extenuado de tanta greguería y comparación churrigueresca. En las 25 primeras páginas se recurre en 50 ocasiones a la palabra ‘como’, lo cual nos da una idea aproximada del festín metafórico que nos aguarda si continuamos leyendo.

Lo mejor de la novela – aparte de su estructura formal – es su arranque: la carta que Pedro Luis de Gálvez redacta desde presidio a su futuro apoderado por coacción. El estilo de las primeras páginas le rinde culto a la Picaresca de un modo más plagiario que transversal, e incluso, quizás sean obsesiones mías, veo explícitas reminiscencias de la primera parte de La Sombra del Ciprés.

En realidad, la novela pretende ser hilarante, una compilación de todo lo escrito desde el siglo de Oro hasta nuestros días, sobre todo en lo que se refiere al estilo, porque estilo, lo que se dice estilo, le sobra a la novela por los cuatro costados.

Por lo demás, la narración a veces despierta carcajadas cervantinas, y otras nos sume en lapsos aburridísimos que apenas rescata la trama. Siempre hay una puta sifilítica y sobre-adjetivada mostrando abiertamente las enaguas, cuando no un muerto de hambre que remueve una pieza teatral sin éxito por el retrato de un Madrid historiográfico que destila un bobino y obsesivo trabajo de documentación.

Sabemos que la ironía es la categoría más alta de representar la realidad, pero en Juan Manuel la ironía es de talante malicioso, de lengua ágil y viperina.

Desfila por la novela toda la intelectualidad de pre-guerras sacada de quicio. Los personajes se caricaturizan nada más ser presentados, a la sazón, con tres adjetivos – regla de estilo que se repite matemáticamente y que parece asimilada en un curso de escritura por correspondencia -.

Sabemos que la intención del jovencísimo Juan Manuel era la de mostrarnos una visión histriónica de la cultura patria antes de su desmembración a cargo de la Guerra Civil. Sabemos que pretendía ofrecernos un cuadro de bohemios, flaneadores y otros tantos buscavidas que hacen del sablazo un estilo de vida. La idea es atractiva, no carece de posibilidades, pero lo que mata a la novela es su obsesión por  perpetrar sin aliento un larguísimo ejercicio de estilo. Al final, la prosa resulta ser una melaza deslumbrante, sí, pero apelmazada y de ornato, como los bigotillos orlados de brillantina de los personajes que la transitan.

Página 542, repito, las restantes se las dejo a la posteridad y rescato del cautiverio al marca-páginas.

 


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Nada en el Domingo, Francisco Umbral

Desde que Lucía Etxebarría ganó el Nadal con su abominable Beatriz y los Cuerpos Celestes, el certamen naufragó en una suerte de desprestigio que ni cien goletas costeras lograrían rescatar. Loriga armó una machada un año que no recuerdo y lo rechazó, quizás a raíz de eso le tengo mis respetos, aunque no me gusta su peinado, y de sus novelas… cuatro momentos con fortuna y nada más.

De la nómina de premiados del Nadal salvo a Ferlosio y a Umbral, con algunas honrosas excepciones que no vienen ahora a cuento. La memoria encorseta las lorzas del pasado y yo me he impuesto un severo régimen de relecturas por aquello de perpetuar la buena impresión que me proporcionaron ciertos libros en su momento.

Creo que a día de hoy no podría volver a leer El Jarama. Con total certeza me resultaría un tostón. Prefiero conservar el cadáver abisal de su recuerdo ahí, en el fondo nebuloso de las entrañas, en el poso residual que dejan los buenos recuerdos. En cierto sentido, pretender experimentar el asombro y el placer releyendo un clásico de gusto particular, es una empresa de doble filo y por lo demás estéril, semejante, diría yo, a querer encontrar en el beso ocasional de la esposa el pálpito y la emoción de la primera vez.

No creo ser el primero en afirmar esto. El gusto se desgasta y se convierte en costumbre insípida. Yo, como lector, vivo de la nostalgia y de la mala leche, y esta digresión a cargo del Nadal viene a la sazón de hablar también de Las Ninfas, un libro que nunca me ha cansado ni me ha hecho conocer la decepción.

Se trata de una novela iniciática, muy bien escrita, y tiene la consistencia literaria de esas obras donde el autor se deja la piel y los cojones. En Las Ninfas Umbral agotó prematuramente todo su talento, se desfondó como el adolescente que rubrica con una masturbación su primer encontronazo sexual. Lo demás es papel mojado, párrafos sublimes, un revisionismo castizo de tono lírico interrumpido por el genial y menospreciado Mortal y Rosa, poemario que ni Dios ha querido poner en las alturas que se merece.

Nada en el Domingo es una novela fluida, para leer en un par de horas, que nos cuenta bajo la horma cronológica de una tarde y su respectiva noche el paseo ambulatorio de Boleslao, un oficinista jubilado, putero de nínfulas y alcohólico. Lo demás es un cruce con personajes variopintos y acabadísimos.

Si Sartre enfatizó el domingo intelectual, Umbral desmigaja el domingo pobretón y castizo, difiriendo la soledad de un corredor de corto recorrido a quien hace tiempo se le agotó la vida y el entusiasmo.

Boleslao recuerda aquellos años triunfales y burocráticos de ascenso hacia la nada, de ascenso hacia el descenso, hacia esto de ahora.

El domingo de Umbral es más urbano, sucio y circunstancial, perfumado con toques hermosísimos de esa prosa lírica tan característica de él, como de orfebre, donde cada palabra se transforma en joya perfectamente engastada en el lugar que le corresponde: el cartabón de sol que se abre en una esquina bancaria, como si Dios fuese a explicarnos una lección de geometría.

Serna, Joyce, dos Passos, la prosa de Umbral es multifacética y bebe de muchos sitios. En honor a la costumbre es deslumbrante y metafórica. A lo largo del Bloomsnight de Boleslao recorremos el apartamento de un buscavidas habitado por una adolescente que se ofrece al protagonista sin resistencia, como un Diario abandonado en un banco, luego un pintor de mala muerte que termina accidentado y muerto pilotando la motocicleta circense de un alemán, Hans, mientras Boleslao le rasura el pubis a Clara, una putilla que trabaja en un local de alterne. La correría finaliza en el cementerio de la Almudena compartiendo petacas con vagabundos y drogadictos nocturnos y una paralítica en silla de ruedas a quien Boleslao se folla alegórica y realmente.

La presencia de la mujer es constante en la novela, trasmutada a todos los estadios concebibles de la hembra: la niña, la puta, la vieja, la esposa diligente y la díscola, vistas todas bajo las lentes de culo de vaso de Umbral, misógino patológico, sí, pero conocedor de su sexo opuesto tanto o más que el mayor arrebatado de los románticos:

Más he aquí que hay una nueva juventud que está follando desde los trece años, con más asiduidad que sabiduría, y que se entrega por cortesía, como las de antaño tocaban un poco de Chopin, a las visitas, también por cortesía. Pero ignoraban el piano como éstas ignoran a los hombres. Sólo quedan las putas, que me deprimen, y las maduras, que me proporcionan una especie de masturbación melancólica conmigo mismo.

Ya que viene a colación el término, Umbral es tal vez el último romántico de nuestra literatura (entiéndase el apelativo de un modo intelectual, como debe entenderse, y no pervertido bajo el punto de vista de lo que nos ha vendido la gramática parda)

Pero Nada en el Domingo no admite lecturas superficiales, todo tiene un sentido profundo y alegórico, el entierro de un perro en la Casa de Campo con José López, el punky viejo, lluvia de erizos muertos, copas en el viejo y elegante café de putas, polvo con la amiga de José López, la boca podrida de la muchacha, encuentro conA., muerte de A., viajes por Madrid en la motita de Hans, afeitado del pubis de Clara, las hogueras de los borrachos, polvo en el cementerio, con Beatriz  la parapléjica, ángeles de nieve. Borrachos, putas y lesbianas entre ángeles. Abandono de Hans en Jardines, excursión de culo en el coche del escritor, paseos por la Gran Vía, obligación, devoción, necesidad de permanecer.

Sobre todo eso: necesidad de permanecer.

La personalidad no es nada. Un fantasma de la costumbre, dice Umbral. Una lección en cada párrafo y una metáfora en cada frase. Escribir así es realmente difícil. Es tristísimo el sitio que la posteridad le viene reservando a Umbral. Un escritor con dos cojones.

 


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La carta cerrada – Gustavo Martín Garzo

 Le tenía ganas, fundamentalmente por su parentesco somático con Antonio Gala, o sea, un escritor para menopaúsicas. Pero Garzo es vallisoletano, lo cual supone un grado añadido y gratuito de prestigio que su prosa debe refutar o desmentir.

 Tanto en provincias como en la capital, a los de Valladolid se les presume que escriban como el maestro Delibes, y mientras tanto se van emborronando folios con la cellisca de las heladas, y los folios despiden un hedor mefítico, como de orines, porque todo el mundo se cree con derecho a mearse en el Pisuerga ocasionalmente, río poco metafísico, por cierto, más indigno para el suicidio que una playa de Benidorm.

 La literatura de Valladolid luce alpargatas de andar por casa. De cuando en cuando Alejandro Cuevas se alza con un premio local y Santas Pascuas. La literatura de Valladolid luce también un pijama de felpa para darle cobijo a la escurridiza musa, friolera y resabiada, conocedora del frío y los sabañones. El ripio se congela. Ya no existe desde que Paco Umbral dejó de coquetear con Las Ninfas del Norte de Castilla. Ya no existe – corre más de un invierno – desde que el Maestro Delibes cambiara tintero por bastón y se dedicara a pasear de incógnito por Recoletos antes del almuerzo.

 De la travesía por el desierto – llamémoslo Gobi – surge Garzo, funcionario eternamente sabático que colgó su bata de psicólogo y allá por el 99 del siglo pasado ganó el Nadal (un premio en constante desprestigio desde que la Etxeberría lo ganara con su detestable Beatriz y los cuerpos celestes).

 Garzo no escribe con la azada en la otra mano, como lo hacía el maestro, Garzo no traza surcos, ni asesta golpes, no demole. Garzo acaricia suntuosamente, y escribe sosteniendo una petunia entre los dedos. Su prosa huele a talco, a culo de bebé, demasiado tierna como para ser cierta. Cuando uno abandona un libro suyo nota el poso residual de la Nivea entre las manos y las gratas emanaciones que destilan las nubes de algodón. Garzo escribe para catequistas, para marisabidillas, para gente insuperablemente delicada. Garzo, en fin, es capaz de transformar los orines que transporta el Pisuerga en Almíbar.

 La novela, ah. En tres líneas:

 Garzo nos prescribe un mesurado ejercicio de simpleza verbal donde el interés se pierde a partir del segundo párrafo. Una melodía con timo. La trama es un  bluf y anacrónica. Llegar a la página 10 ya me ha parecido un logro.

  Feliz Año Nuevo.

 

 


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13,99 Frédéric Beigbeder

Siguiendo con el ciclo francés:

 13,99 €, una novelita moderna, pretenciosamente ágil y a veces muy mal escrita, deplorablemente mal escrita diría yo. Fue un pelotazo allá por el 2000, cuando los bancos no se habían inventado la palabra ‘moratoria’ y el consumo de Cocaína era aún moderado, exclusivo de las categorías himaláyicas de la sociedad.

Yo andaba pendiente de leer esta novela y, en fin, ya lo he hecho. Llego tarde además. Y no me ha importado perder el tren.

En cuanto al libro: me temo que algunos pasajes se han gestado bajo el influjo de la antes mencionada dama blanca. Quis Sapis. Helter Skelter que dirían los Beatles. La correlación entre algunos párrafos provoca vértigos de montaña rusa y deja un leve regusto a vómito en el velo del paladar. Qué mareo, Dios mío, a veces la frase corta.

Beigbeder dice que consume Cocaína. Un yo confieso como otro cualquiera. Cuatro gramos diarios se mete su personaje: un ejecutivo revolucionario que no haría ni una sola noche en la Puerta del Sol. Por otra parte: nunca me ha gustado la apelación directa al lector, ni el uso de la segunda persona salvo en casos extremos. El estilo soplapollesco me cansa, de verdad, y esta novela abusa de lo soplapollesco con alevosía y premeditación.

 Nadie desea vuestra felicidad porque la gente feliz no consume

 Frase estupefaciente. A otros les basta con un trago de agua para alumbrarla. Que sí, que va de un publicista que cobra fajos de leuros por eslogan y sufre una absurda epifanía y nada más que eso salvo leves actos de sabotaje en la oficina de sus clientes y una puta a la que nunca se termina de tirar. Doctrina moderna y nada más.

Pero volviendo al lector, al insulto directo: propongo castración inmediata de dígitos para todo aquel escritor que vacila, increpa y zarandea al que lee. Propongo que cuando un cretino se dirija a mí a través de su texto lo haga con un mínimo de cortesía. No pido trato de mentor ni de mecenas (aunque como consumidor de literatura puedo aproximarme a esta categoría) pido sentido común y coherencia. Nada más.

Bajo la apariencia de un ser rematadamente estúpido y amoral el narrador viene a decirnos cosas que ya sabemos, pero que acaso necesitemos escuchar de cuando en cuando para que no se nos olvide lo que somos: mercancía barata, chusma borrega, hitos experimentales para los sondeos de los productos que nos venden. Obsolescencia programada: la conocemos; cada ser humano que nace, crece y se decepciona alberga dentro un microondas donde se van recalentando los sueños hasta que la máquina dice: basta.

El estilo de Houllebecq, pero de modo tangencial. Abrumador y cansino el registro cool y urbano. Cuando un francés intenta escribir como un fucking yankee parece de coña. No basta con transformar los párrafos en goma de mascar. El chicle europeo pierde sabor a medida que lo vamos masticando. Las mandíbulas se cansan de apretar y entonces la atonía, el desencanto, ganas de hacer cualquier cosa menos leer. Porque no leer a veces está bien. Lo digo yo. No leer a estos tipos está bien. Hay que tener fe en los chicles de sabor infinito.

Cuando un español intenta escribir como un fucking yankee parece también de coña y le sale la vena soplapollesca pero mezclada con chascarrillos y paisajes urbanos de sabor castizo, con proxenetas y muchachos de barrio de fondo. Vamos, que no salimos del costumbrismo y lo goyesco. Al francés, en cambio, se le perdona todo porque trata temas elevados. Pero a este francés no le perdono. No.

Afortunadamente no pagué dinero por la novela.

 

 


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El Mapa y el Territorio, Michel Houellebecq

Tiendo a meter en el mismo saco a Martin Amis y Houellebecq (con sus abismales diferencias) dentro del perfil de escritor encabronado. El primero, incluso, posa como tal en las fotografías: la  expresión de radical asqueo que destilan sus imágenes más recientes constata esta apreciación y hace temblar al que mira.

Abran el buscador de imágenes: embiste Amis al objetivo como si éste fuera un intruso molesto, uno de esos palizas al que inequívocamente  hay que sacudirle un sopapo para quitárnoslo de encima. Desde luego que yo no me atrevería a pedirle un autógrafo a un tipo que luce así en las fotografías pactadas.

Houellebecq, en cambio, no posa de esta manera tan radical. Houellebecq tiene pinta de ajedrecista ruso, de párroco vicioso que se soba la herramienta del pecado bajo la sotana, de convicto a quien se le escapa por los ojos el crimen execrable que sin duda volvería a perpetrar si le retiraran los grilletes de las muñecas y la tripe dosis de valium de los bolsillos.

Hablando de grilletes, la literatura de Houellebecq carece de ellos, no es esclava de una moral, no es santurrona ni políticamente correcta, no responde a ninguna servidumbre, a ningún filtro. Se trata más bien el paradigma de una impostura honesta y sin fisuras, una impostura de sol a sol quiero decir.  Merece un aplauso por ello.

Para situarnos, Houellebecq dice de su madre que es una triste y vieja fulana. Esta declaración lo dice todo de un hombre. Lo que supone decir también que hay hombres situados a tales niveles de equidistancia del mundo que son capaces de meter la realidad en un alambique y quedarse exclusivamente con los posos tóxicos que ésta destila. Químico de una antimoral, Houellebecq es la voz sórdida de la conciencia del hombre del siglo XXI.

Si en nuestro País hubiera un tipo que escribiera como él no hay lugar a dudas: estaría satanizado por los puretas de lo correcto, que son legión aquí, ya lo sabemos, y muy tontos y muy acomplejados, y profundamente estreñidos por un discurso embadurnado de tolerancia con cosas que el ciudadano medio de otros Países más avanzados que el nuestro no está dispuesto a tolerar.

En España seguro que hay escritores que en la intimidad están en el mismo nivel de misoginia e islamofobia que Houllebecq, pero en sus novelas (que van al público) los personajes tratan de igual a las mujeres y son colegas de marroquíes. Creo que me explico.

Houellebecq, antes de publica el Mapa y el Territorio viene de decir esto en sus novelas:

‘Este es uno de los principales inconvenientes de la extrema belleza en las chicas: sólo los ligones experimentados, cínicos y sin escrúpulos se sienten a su altura; así que los seres más viles son los que suelen conserguir el tesoro de su virginidad, lo cual supone para ellas el primer grado de una irremediable derrota.

Las partículas elementales

‘Por el camino nos cruzamos con Josiane. Tenía un aire sombrío, poco comunicativo, y ni siquiera nos miró; ella también parecía lejos del camino del perdón. Me había enterado de que era profesora de letras en la vida civil y  no me sorprendió lo más mínimo. Era exactamente el tipo de hija de puta que hace muchos años me hizo renunciar a mis estudios literarios’

Plataforma

Todos los personajes de Houellebecq, en mayor o menor medida, son seres acabados. Al que más cariño tengo es al de Plataforma porque en su neutro periplo existencial encuentra a la mujer de su vida y con ella monta un chiringo de putas. Me atrevería a decir que éste es un ideal que el 99% de los hombres aspiran, aunque muchos bien se cuiden de no reconocerlo en las charlas de salón.

Arranca la primera parte del Mapa y el Territorio, donde el lector hembra se las pasa aguardando que suceda algo extraordinario entre prolepsis y saltos temporales un tanto deslavazados: en mi opinión está poco trabajada. Creo que Houllebeq no tenía nada claro dónde quería ir cuando empezó a escribir la novela.

Jed Martin, personaje central, es un pintor con talento y una infancia no especialmente traumática. Si esperamos virajes como los de Plataforma aquí no existen. Jed apenas tiene pulsiones sexuales. Por su puesto que ocasionalmente se va de putas, aunque su apetito sexual no está tan degradado como el de Michel Renault. Jed, no lo olvidemos, es artista.

Un buen día la Guía Michelín cae en sus manos (fetiche que ya aparece en sus anteriores novelas y que alegremente interpreto como una tosca alegoría del modo en que los medios de difusión teledirigen, gestan y actualizan nuestras necesidades de consumo: no hay trazo largo de asfalto en este mundo que no dirija a un lugar donde no haya que gastar dinero).

Jed la transforma en una obra de arte fotografiando detalles que pervierte bajo una apariencia estética y son bien acogidos por el público. Esto le dará fama y dinero. Es decir: Jed destripa y sublima un objeto de consumo y lo transforma en arte (Andy Warhol se apodera de su espíritu). Es el momento de pintar su serie de Oficios Sencillos, donde muestra los diversos hitos y condiciones productivas de la sociedad de su tiempo. Conocerá a Olga: ejecutiva rusa que le suministrará las pertinentes dosis de sexo hasta marcharse de nuevo a Moscú. Aborda después su serie de las Composiciones de Empresa, donde desea representar una imagen relacional y dialéctica del funcionamiento de la economía en su conjunto. Finalmente retrata a grandes empresarios de su tiempo y gana del orden de dos millones de euros por pastiche. Jed es artista.

La segunda parte es considerablemente superior a la primera y mucho mejor escrita. Houllebecq se mete en la novela porque Jed le pinta un retrato; Intromisión del autor, así, a lo Unamuno. Buen ritmo narrativo, buenos diálogos, las esperadas digresiones acerca de la sociedad de consumo y todos esos traumas que acosan al francés, que se retrata a sí mismo  como un ser solitario, acabadísimo, al borde de la inanición, al margen de toda higiene y normalidad. Una imagen demasiado histriónica y quizás inverosímil, pero el lector no puede evitar hacerse una composición inquietante del tipo que suscribe la novela que está leyendo. Con este retrato a la desesperada creo que Houllebecq sacia hasta el vómito su propia leyenda.

En la tercera parte Houllebeq muere decapitado y el narrador juega a los detectives, o sea, que se convierte en LeCarré. Conocemos al inspector Jasselin, que conduce un Mercedes de clase A (a pesar de la beligerancia de Audi la burguesía mundial sigue permaneciendo fiel a Mercedes en su conjunto, cita el narrador). Jasselin está a cargo del crimen y Jed se cruza en la investigación para favorecer su esclarecimiento. Nada más. Finaliza el artista retratando las cenizas de la era industrial tomadas por caudales de vegetación, una imagen que realmente existe, lo que supone decir que no ha salido de la perversa mente del autor y que Houellebecq ha encontrado su originalidad  contemplando esas fotografías tan líricas e inquietantes de Prypiat (la ciudad evacuada de Chernobyl) donde el verde le gana la manga al progreso y al hormigón.

A Houellebecq le perdono casi todo porque es un escritor encabronado y honesto:

‘La segunda alegría que me proporcionó Valérie fue la extraordinaria dulzura, la bondad natural de su carácter. A veces, cuando sus jornadas de trabajo habían sido largas -y al correr de los meses fueron cada vez más largas-, la sentía tensa, mentalmente agotada. Pero nunca se volvió contra mí, nunca se enfadó, nunca tuvo una de esas imprevisibles crisis nerviosas que a veces hacen tan agobiante, tan patético, el trato con las mujeres’.’

Plataforma

A veces resulta cansino su discurso. Ya no me ponen esos gurús que la toman contra la sociedad de consumo mientras la Coca Cola burbujea en sus estómagos. Si Breston Ellis desmenuzó el retrato de un entusiasta y esquizofrénico consumidor, Houellebecq nos pinta la fachada del asqueado, del burgués de grado alto a quien le remuerde su rol y sin embargo es esclavo del mismo: un sufridor corriente que se arranca las vestiduras cada vez que se le estropea la caldera o encuentra en las prácticas masoquistas el modo donde exorcizar sus fantasmas.

A veces tengo la sensación de que sus novelas siguen un patrón invariable que asoma la patita por debajo de las subtramas:

1 Presentación de personaje

2 Cataclismo existencial

3 Degradación irreversible.

El trinomio puede aplicarse del mismo modo en cualquiera de sus libros. Basta con una sola lectura de El Extranjero para entender ese bucle entre el existencialismo y la provocación que es la literatura francesa actual.

En el caso de El Mapa y el Territorio me he encontrado con un tono hasta ahora inédito en Houellebecq, envejecido y a veces prudente, sincopado por una especie de sordina o limitador de velocidad impuesto por Dios sabe qué circunstancias, como si su discurso estuviera diferido por un somnífero que le ha expedido la edad (son ya 55 o 57 primaveras, no se sabe) o la cada vez más acuciante necesidad de mostrarse solícito ante el público más allá de sus fronteras. Dicen que sus traducciones se venden como churros…

A modo de epílogo, creo que Houellebecq se muere por escribir una obra de auténtica ficción, algo espantosamente profético como Un Mundo Feliz, y mientras tanto nos sirve fríos pedazos de realidad, arrancados a dentelladas, pero muy bien presentados en su correspondiente vajilla.

 

Larga vida a la literatura del encabronamiento.

 


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