Las Máscaras del Héroe, Juan Manuel de Prada
Hace bastantes años, durante una de mis frecuentes incursiones en la noche salmantina, vislumbré a un jovencísimo Juan Manuel De Prada acodado en el mostrador de un bar. Era la una de la madrugada, yo también era jovencísimo, estaba sensiblemente borracho y acababa de pasar el acné sin escándalo.
Aquella noche yo me hacía acompañar de M., que conocía bastante al sujeto. Ambos eran de Zamora y habían coincidido en el Instituto. Creo que para mayor parentesco se habían disputado la atención de una muchacha en flor que finalmente – como suele suceder – se había decantado por un tercero que pasaba por allí.
Era éste un hecho anecdótico, una suerte de incidencia que podría haber estrechado entre ambos ese vínculo afectivo que se tiende entre quienes, a pesar de ignorarse, comparten un odiado, pero la repulsión que Juan Manuel profesaba a M. parecía más bien gregaria, un asunto de provincias, quizás.
Juan Manuel, para M, no era más que un recibe-tobas, el propenso asustadizo de la última fila del aula a quien sus compañeros sienten la necesidad de incordiar constantemente.
<< Está muy bien aquí >> dijo M. << En Zamora no se habla con nadie >>
Yo, en fin, no sabía si detestar o admirar a Juan Manuel. Era escritor, lo cual le dotaba de cierto estatus para mí, y castellano, para orgullo telúrico. Había leído Coños y El Silencio del Patinador y le encontraba cierto encanto a su prosa barroca y metafórica. Me gustaban en especial sus textos breves, que estaban perfectamente armados y siempre tenían repuntes de originalidad y lecciones de estilo.
Por aquel entonces yo leía clásicos españoles por imposición y gusto, y a de Prada se le notaba muy español, muy ordenado, muy clásico. De la Serna, algún ripio de vanguardia… quizás su tempo adecuado hubiera sido el siglo XIX o un ateneo habitado por socios revisionistas y carpetovetónicos.
Era, en definitiva, un escritor joven a quien parecía habitar un escritor viejo. Apadrinado por Umbral, Juan Manuel no había perdido sus dientes de leche cuando ya conjuraba todas las papeletas para alzarse con la celebridad literaria y su parienta más próxima: la envidia.
Lo vi aquella noche, acodado en el mostrador y en actitud acechante, como si anduviera buscando la oportunidad de zafarse de la vigilancia del camarero para marcharse del bar sin abonar su consumición. Nadie lo acompañaba salvo la indiferencia de las mujeres que bailoteaban a su alrededor. Estaba solo, sí, pero era la suya una soledad arrogante, como si el yacimiento de lerdos que le rodeaba no fuera merecedor de atenciones – que en verdad no lo eran, todo sea dicho – .
Sea como fuere, Juan Manuel conservaba intacta su apostura, su verticalidad. En modo alguno parecía uno de esos guiñapos que terminan apaleados en las puertas de los bares a cargo de su impertinencia. Llevaba una chaqueta de espiguilla, una camisa blanca, vaqueros desleídos y rubricados con unas botas camperas embadurnadas con un fúnebre baño de betún.
<< Siempre ha sido un gilipollas >> corroboraba M. desde el esquinazo donde nos hallábamos << y para colmo viste como un hortera >>
Lo seguí un tiempo después, cuando armó una trama semi-intrigante con escenario en Venecia para agenciarse el Planeta. Y se lo llevó el muy ladino, y con el dinero de la bolsa tomó piso en Madrid y abandonó por siempre el tablado de provincias para agilizar los envíos de su suscripción al ABC.
En La Vida Invisible exorcizó los fantasmas de su malogrado matrimonio con una historia de amor imposible a la que tildo de bluf. No leí El Séptimo Velo. No creo que lo lea nunca.
Y qué decir de Las Máscaras del Héroe… más bien poco para el volumen del tocho. Quizás mi opinión sea irrelevante – que en realidad lo es – porque llegué a la página 542 extenuado de tanta greguería y comparación churrigueresca. En las 25 primeras páginas se recurre en 50 ocasiones a la palabra ‘como’, lo cual nos da una idea aproximada del festín metafórico que nos aguarda si continuamos leyendo.
Lo mejor de la novela – aparte de su estructura formal – es su arranque: la carta que Pedro Luis de Gálvez redacta desde presidio a su futuro apoderado por coacción. El estilo de las primeras páginas le rinde culto a la Picaresca de un modo más plagiario que transversal, e incluso, quizás sean obsesiones mías, veo explícitas reminiscencias de la primera parte de La Sombra del Ciprés.
En realidad, la novela pretende ser hilarante, una compilación de todo lo escrito desde el siglo de Oro hasta nuestros días, sobre todo en lo que se refiere al estilo, porque estilo, lo que se dice estilo, le sobra a la novela por los cuatro costados.
Por lo demás, la narración a veces despierta carcajadas cervantinas, y otras nos sume en lapsos aburridísimos que apenas rescata la trama. Siempre hay una puta sifilítica y sobre-adjetivada mostrando abiertamente las enaguas, cuando no un muerto de hambre que remueve una pieza teatral sin éxito por el retrato de un Madrid historiográfico que destila un bobino y obsesivo trabajo de documentación.
Sabemos que la ironía es la categoría más alta de representar la realidad, pero en Juan Manuel la ironía es de talante malicioso, de lengua ágil y viperina.
Desfila por la novela toda la intelectualidad de pre-guerras sacada de quicio. Los personajes se caricaturizan nada más ser presentados, a la sazón, con tres adjetivos – regla de estilo que se repite matemáticamente y que parece asimilada en un curso de escritura por correspondencia -.
Sabemos que la intención del jovencísimo Juan Manuel era la de mostrarnos una visión histriónica de la cultura patria antes de su desmembración a cargo de la Guerra Civil. Sabemos que pretendía ofrecernos un cuadro de bohemios, flaneadores y otros tantos buscavidas que hacen del sablazo un estilo de vida. La idea es atractiva, no carece de posibilidades, pero lo que mata a la novela es su obsesión por perpetrar sin aliento un larguísimo ejercicio de estilo. Al final, la prosa resulta ser una melaza deslumbrante, sí, pero apelmazada y de ornato, como los bigotillos orlados de brillantina de los personajes que la transitan.
Página 542, repito, las restantes se las dejo a la posteridad y rescato del cautiverio al marca-páginas.
Fecha: 26 abril, 2012


Desde que Lucía Etxebarría ganó el Nadal con su abominable Beatriz y los Cuerpos Celestes, el certamen naufragó en una suerte de desprestigio que ni cien goletas costeras lograrían rescatar. Loriga armó una machada un año que no recuerdo y lo rechazó, quizás a raíz de eso le tengo mis respetos, aunque no me gusta su peinado, y de sus novelas… cuatro momentos con fortuna y nada más.
